¡99 años y con swing hasta el final! El Maestro Sánchez Ferrer se nos fue de rumba
La Habana despide a Roberto Sánchez Ferrer, el gigante musical de 99 años, Premio Nacional que dejó un legado de ritmo, orquestas y colaboraciones de lujo.
Qué pasó
¡Atención, gente! Miren qué notición me acaba de caer en la oreja, de esos que hacen que uno se pare un momentico y piense en la vida y en los que se van dejando su huella.
Se nos fue, como quien dice, de gira eterna, el mismísimo Roberto Sánchez Ferrer, una verdadera eminencia de la música cubana, un peso pesado de los que ya quedan pocos. ¡Y qué peso!
El hombre, que llevaba casi un siglo encima de puro sabor y melodía, nos dejó ayer miércoles, tranquilo, en su Habana querida, con nada menos que 99 años bien baila'os, bien vividos y bien sonados. ¡Casi cien años de pura historia musical, mi gente!
El Instituto Cubano de la Música lo confirmó con el respeto que se merece, y ya la Habana está de luto, sí, pero también con los tambores listos para recordarlo como se merece un maestro de ese calibre, que tanto nos dio.
Dónde y cuándo
Esta triste despedida tuvo lugar aquí mismo, en la cuna de tantos ritmos, en La Habana, la capital de todos los sones y guarachas, en la tarde del pasado miércoles.
Imagina, tenía casi 100 años encima, porque nació un 31 de diciembre de 1927, justo para despedir el año viejo y traer nueva música al mundo. ¡Casi una leyenda viviente que lo vio todo!
Desde que era un muchacho, con apenas dieciocho abriles, ya estaba al mando de orquestas, con la batuta en la mano y el swing metido en la sangre. Ahí no había quien lo parara, se notaba que había nacido para eso.
Fue de esos artistas que se sentía su presencia en cualquier escenario, desde el estudio más chiquito donde se cocinaban las melodías, hasta el gran teatro donde el público lo ovacionaba. Siempre presente, siempre musical.
Por qué importa
¿Y por qué esta noticia nos toca el alma, por qué hace que la gente de a pie hable de ello? ¡Pues porque se nos fue un pedazo gordo de nuestra banda sonora, mi gente, la que ha sonado en mil esquinas y mil fiestas!
Sánchez Ferrer no era uno más en el montón; era el que le ponía a sonar el clarinete con maestría, el que hacía hablar al saxofón, el que componía melodías que se te metían en el cuerpo y el que armaba las orquestas como un arquitecto del sonido. Era un mago, sí.
Él no se andaba con chiquitas, trabajó con todo el mundo: desde la voz inconfundible de Omara Portuondo hasta las teclas mágicas de Chucho Valdés o Hernán López-Nussa. ¡Una verdadera leyenda que te hacía mover el esqueleto sin darte cuenta, con solo escuchar una nota!
Su música es esa que hemos tarareado sin saber el nombre, la que hemos oído de fondo en las bodas, en los quince, en los cumpleaños, en los momentos alegres y en los tristes. Es parte de la cubanía más pura, la que nos define, ¿entienden?
Su legado es una escuela abierta para cualquiera que quiera aprender del sabor y la elegancia musical. Es el ADN de lo que somos cuando se trata de ritmo.
Qué dicen las partes
Como era de esperar, el Instituto Cubano de la Música fue el encargado de soltar la noticia con ese respeto y esa solemnidad que se le debe a un artista de su talla, un hombre que le entregó su vida a la cultura.
De hecho, hace bien poquito, en 2023, ellos mismos le habían entregado el Premio Nacional de Música, como diciendo: '¡Maestro, esto es pa' usted, que se lo ganó a pulso con cada nota y cada composición!' Fue un reconocimiento tardío, quizás, pero muy merecido.
La gente en la calle, los músicos más jóvenes que lo admiraban, los que lo conocieron de cerca en las orquestas o en las tertulias, todos andan diciendo que su legado es tremendo, que pocas veces se ve alguien tan completo y tan dedicado.
Unos recordarán con nostalgia sus años dorados con el trío de jazz Los Raqueteros del Swing, donde el clarinete era una extensión de su alma. Otros, por supuesto, rememorarán sus giras por el mundo con la Ópera Nacional, llevando la zarzuela cubana a todos los rincones.
Cada cual tiene un pedacito de Roberto Sánchez Ferrer en su memoria, un recuerdo musical que lo ata a la grandeza de este hombre.
Qué viene ahora
Ahora, lo que nos toca, lo que viene, es recordarlo con la alegría que él nos dio, seguir escuchando su música sin parar y, sobre todo, contarles a los más jóvenes quién era este gigante del pentagrama. ¡Que su nombre no se borre!
Seguramente en los próximos días y meses habrá homenajes por doquier, toques especiales en su honor, y más de uno pondrá sus canciones para que no se nos olvide ni una pizca del ritmo contagioso que nos dejó.
Su obra, como dicen los que saben de esto y los estudiosos, va a seguir sonando fuerte, enseñando a las nuevas generaciones cómo se hace buena música de verdad en Cuba, con elegancia, con tradición y con ese toque único.
El swing y la maestría de Roberto Sánchez Ferrer no se van, solo cambian de escenario. ¡Ahora le toca hacer bailar a los santos del cielo con su clarinete y su batuta! Que en paz descanse el maestro.