¡Quita y Pon infernal! La Habana tiene un drama de 18 pisos a oscuras.

En Alamar, La Habana, los apagones se volvieron rutina. Heidi rescata vecinos atrapados en ascensores, mientras el "quita y pon" destroza la vida y la economía.

Qué pasó

¡Qué se cuenta en la cola del pollo! Imagínate que en Alamar, en un edificio de 18 plantas, los apagones ya no son la excepción, ¡son el pan nuestro de cada día! Allí, la Heidi Martínez, que es administradora y tremenda luchadora, se ha vuelto una experta en esto de abrir ascensores a mano. Porque claro, cuando la luz se va, se queda gente encerrada y hay que sacarlos como sea, ¡con linterna y todo!

Esto ya no es un simple apagón; es un “quita y pon” que vuelve loco a cualquiera. La electricidad juega al escondite: se va, viene, se va otra vez, sin avisar. ¡Ni te da tiempo a correr a la nevera! Cocinar, guardar la comida, ¡hasta dormir tranquilo es una odisea! Es un verdadero desespero, mi gente.

Dónde y cuándo

Este bochinche, que te pone los pelos de punta, está pasando ahora mismo en Alamar, allá en las afueras de La Habana. No es de ayer, no; la cosa empezó a ponerse fea de verdad por el 2023, y en estas últimas semanas, ¡ni te cuento! La luz se va entre 15 y 20 horas al día, y lo peor es que te la quitan y te la ponen a cada rato, como si fuera un chiste de mal gusto.

Las noches son más largas que un chicle, con la linterna del móvil de Heidi alumbrando el hueco del ascensor. Imagina la tensión: el aire espeso, el calor que no te deja respirar y el ruido del generador, si es que hay uno, luchando por arrancar. Es un drama que se vive en cada rincón, donde la paciencia ya se acabó hace rato.

Por qué importa

Y tú dirás, “¿y esto a mí en qué me afecta?” Pues mira, mi socio, esto le cae arriba a cualquiera, ¡pero bien duro! La gente está perdiendo la cabeza y el bolsillo. ¿Te imaginas comprar una nevera nueva o arreglar la tuya por 5000 pesos, cuando tu pensión es de 3156? ¡Es para morirse! La Gladys Berriel, maestra jubilada, lo sabe bien: le tocó elegir entre comer o tener una nevera funcionando. ¡Qué dilema!

La vida diaria es un caos. No se puede cocinar, la comida se echa a perder, y olvídate de ver la novela o de planchar. Es una incertidumbre que te roba el sueño y la tranquilidad, porque no sabes cuándo se va a ir la luz de nuevo y si te va a dejar a oscuras con el plato a medio hacer. ¡Esto no es vida, mi gente!

Qué dicen las partes

Bueno, y aquí viene la parte de las excusas, digo, de las explicaciones. Por un lado, el Gobierno dice que la culpa la tiene el “asedio petrolero” de Washington, que desde el 9 de enero ha reducido la entrada de combustible a la isla. Dicen que Cuba solo produce un tercio de lo que consume y que las termoeléctricas viejas se rompen más que un vaso en una rumba.

Pero por el otro lado, la gente de a pie, como Erleny y la propia Gladys, dicen que nadie se acostumbra a esta agonía. “Uno piensa que ya lo ha visto todo, pero siempre empeora”, comenta Erleny con un amargor que se le nota. Es como si el problema fuera de otro mundo, mientras ellos lo sufren en carne propia, sin saber cuándo volverá la claridad.

Qué viene ahora

Ahora, ¿qué nos espera en esta tragicomedia eléctrica? Pues las autoridades han puesto “parches”: servicios mínimos en los hospitales, clases virtuales en las universidades y racionamiento de gasolina que te hace llorar. Pero para la gente de Alamar, estas medidas no les quitan el dolor de cabeza ni la angustia diaria.

Así que, mi gente, la cosa pinta para largo. En el edificio de Heidi, cada apagón es una carrera para que no pase una desgracia en el ascensor o en las escaleras a oscuras. La realidad es que la gente sigue en la lucha, adaptándose a esta vida de penumbras, donde la linterna del móvil ya es casi un miembro más de la familia. A esperar toca, y a seguir contando el bochinche, porque esto no se acaba.

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