¡Ay, mi madre! ¡El Parque Lenin se volvió un cementerio de sueños!

El icónico Parque Lenin de La Habana se ha convertido en una ruina total, reflejando el colapso urbano y el abandono de la infraestructura pública en Cuba.

Qué pasó

¡Oye esto pa’ que veas! Lo que antes era un paraíso para la familia cubana, un lugar de relajo y alegría, el mismísimo Parque Lenin, se ha vuelto un espanto. Dicen las malas lenguas, y las fotos no mienten, que aquello es como un fantasma de lo que un día fue. ¡Una ruina, compadre!

Los juegos infantiles, esos donde los chiquitos se mataban de risa, ahora están desbaratados o simplemente desaparecieron. Las canchas deportivas están inutilizadas, llenas de maleza y escombros. ¿Y los restaurantes y cafeterías? ¡Cerrados a cal y canto, o peor, convertidos en cuevas de murciélagos!

Los baños… ¡ay, los baños! Mejor ni hablar, porque aquello es un chiquero, inservible y contaminado. El monte se ha comido los jardines y lo que no se comió la maleza, se lo llevaron los que no tienen piedad, saqueando la poca infraestructura que quedaba. El Parque Lenin hoy es un ejemplo vivo del abandono más crudo.

Dónde y cuándo

Esto no es cuento de la otra esquina, esto está pasando ahora mismo, en nuestra propia capital, La Habana. El Parque Lenin, esa joya que nos prometieron, es hoy un reflejo de que el reloj del progreso se paró hace rato.

Desde hace años, la gente lo ve. Cada vez que alguien se atreve a ir, regresa con la misma historia: es un desastre total, una vergüenza para la ciudad. No hay que ser un genio para darse cuenta, solo hace falta abrir los ojos y ver la desolación.

Lo que era un centro de encuentro y diversión para miles, ahora es un espacio que inspira nostalgia y dolor, una mancha gris en el corazón verde de la capital.

Por qué importa

¿Y por qué nos tiene que importar esto? Porque el Parque Lenin es como un espejo, mijo. Es la prueba de que lo que era para el pueblo, para los de a pie, se dejó caer en el olvido. Mientras tanto, uno ve cómo brotan hoteles de lujo y zonas turísticas como champiñones, ¡ahí sí hay dinero y rapidez para construir!

Esta situación demuestra que un sistema político incapaz de sostener sus propias obras condena a su gente a vivir en la miseria, incluso en los detalles más cotidianos. No es solo un parque roto; es la imagen de un país que se desmorona, una postal de la decadencia.

Esto no se limita solo al parque; escuelas, hospitales, carreteras y barrios enteros muestran la misma cara de deterioro en toda la isla. Es una bofetada a la cara de la ciudadanía que ve cómo sus espacios se van a pique.

Qué dicen las partes

La gente que ha puesto un pie por allá lo dice sin pelos en la lengua: "Esto no es un parque, es un cementerio de lo que fue Cuba." Así, tal cual, y no hay quien los contradiga, porque la verdad se impone por sí sola.

Las redes sociales, que son la radio bemba oficial de estos tiempos, están que echan humo con las fotos y los videos que la gente comparte. Muestran lo que la propaganda oficial busca ocultar. La voz del pueblo es la que grita la verdad de este despojo y abandono.

Es un coro de indignación, donde cada cubano se convierte en testigo y documentalista de la realidad, dejando constancia de un país saqueado y desatendido.

Qué viene ahora

¿Qué podemos esperar? Si seguimos así, el Parque Lenin seguirá siendo un monumento a la desidia. Ojalá que, con tanto bochinche y tanto pataleo en las redes, alguien se dé por aludido y decida mover un dedo. Pero la esperanza es lo último que se pierde, y a veces, lo primero que se cansa.

Lo más probable es que el deterioro continúe. La prioridad seguirá siendo la imagen turística que se vende afuera, no el bienestar y la dignidad de los que viven aquí. Mientras tanto, los cubanos seguiremos usando cada foto, cada post, cada comentario para que el mundo se entere de cómo se nos desmorona el país, pedazo a pedazo, bajo la vista de todos.

El Parque Lenin es solo una pieza de este triste rompecabezas, un símbolo de una Cuba que, según muchos, está siendo destruida y abandonada por quienes dicen gobernarla. Hay que seguir atentos, porque la historia no se detiene.

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