¿Se te soltó el remolque, socio? ¡Pared de casa pa' dentro!

Un remolque se desprendió y chocó contra una casa en Cuba. La dueña, funcionaria de educación, reclamó airadamente los daños.

¡Qué bochinche en la esquina!

Imagínate esto, mi gente: vas tranquilo por la calle y de repente, ¡zas!, un remolque se le suelta a un carro y se va directo a estrellarse contra la pared de una casa. ¡Un desastre!

Pues eso mismo pasó, que el remolque dijo “hasta aquí llegué” y se estampó contra la pared de una vivienda. La noticia corrió como pólvora, porque aquí lo que no se cuenta es de qué va el cuento.

¿Y dónde fue el tropezón?

Esto pasó hace poco, un fin de semana, por allá en Cuba. El remolque, que andaba de paseo sin su dueño aparente en ese momento, decidió que quería conocer la casa de alguien de cerca. Y vaya que la conoció, porque le dio un buen golpe a la pared.

Menos mal que la cosa no pasó a mayores con gente herida, porque estas cosas a veces acaban mal. Pero sí dejó una pared con cara de susto y a los vecinos preguntándose qué fue lo que pasó.

¿Y a quién le cae arriba este lío?

Pues a la dueña de la casa, ¡imagínate la mortificación! La señora, que resultó ser una trabajadora del sector educativo del municipio, no se quedó callada. Se puso allí mismo, con el susto todavía en el cuerpo y el polvo de la pared levantándose, a reclamar lo suyo.

La gente habla de esto porque a quién no le importa que le dañen la casa, ¿verdad? Es un lío gordo que seguro le va a dar dolor de cabeza a alguien, y a la señora más que a nadie.

¿Qué dijeron los que estaban?

La dueña de la casa fue clara: "Yo soy una funcionaria de educación del municipio", dijo, como diciendo: "¡Mírame bien, que me respetas!". Se le notaba el enfado por los daños en su propiedad. La gente del barrio, pues, asomada, comentando y viendo el problema.

Por el otro lado, el del remolque, o el dueño del carro… bueno, de ellos no se ha dicho ni pío. Nadie ha explicado oficialmente qué pasó, si fue un descuido, una falla técnica o qué. Silencio oficial, como casi siempre.

¿Y ahora qué?

Pues ahora queda esperar. A ver si el dueño del remolque aparece, o si las autoridades se ponen las pilas y dicen algo. Lo que sí está claro es que la casa quedó con una cicatriz y la señora con un buen coraje.

Seguro que habrá que ver quién paga los platos rotos, o mejor dicho, los ladrillos rotos. Estaremos pendientes a ver cómo se resuelve este bochinche.

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