¿¡Gasolina pa' la patrulla, pero pa'l hospital… NÁ!? ¡Qué descaro!
Una cubana de La Habana Vieja denuncia la paradoja: mientras falta gasolina para servicios esenciales como hospitales, parece haber de sobra para la policía. El pueblo está que arde con la escasez y los precios.
Qué pasó
Oye esto pa' que te caigas de espaldas, mi gente. Una mujer de pura cepa, de esas que no se callan ni bajo el agua, salió a la calle a soltar la bronca que trae el pueblo.
¡Dijo que no hay ni gota de combustible pa' llevar a un enfermo al hospital, pero las patrullas, esas sí que andan de lo más campantes! ¡El carro de la basura, ese ni se ve! ¿Tú lo puedes creer?
Dónde y cuándo
Esto no es en la China ni en la Cochinchina, no. Esto pasó en pleno corazón de La Habana Vieja, donde los adoquines han visto de todo.
Fue pa' finales de febrero de 2026, con el sol apretando y la gente con la lengua afuera, cansada de tanto invento y tanta justificación. La mujer, una vecina más, le abrió el pecho a CubaNet y soltó lo que tenía dentro.
Por qué importa
¡Ahí es donde está el jamón, chico! Esto no es solo el que no haya gasolina, es la gota que desborda el vaso.
Imagínate, si no hay ni pa' la ambulancia, ¡qué será del jabón, de la pasta, del aceite! La gente se está volviendo loca con los precios que parecen sacados de otra galaxia, y el salario, ese sí que no hace más que achicarse. Es la vida de a pie, la del guajiro y la del doctor, la que se está volviendo un calvario cada día.
Qué dicen las partes
Por un lado, la mujer clava el puñal: “¿Es bloqueo ahora? Si es bloqueo, hace 67 años que existe”, dijo, retando a los que siempre tienen una excusa.
Los economistas, esos que saben de números, susurran que la plata cada vez vale menos y que la gente se hunde más. Mientras, la voz del pueblo grita que el aguante ya se acabó, que el cansancio es más grande que un camión.
Qué viene ahora
Pues ahora, mi hermano, el ambiente está cargado. ¿Qué puede pasar? La bola sigue rodando, la gente sigue hablando en las colas, en los balcones, en la guagua.
Es una olla a presión que no se sabe cuándo va a pitar más duro. Lo que sí es seguro es que estos gritos no se los lleva el viento tan fácil. Hay que seguir con la oreja pegada a la calle, porque este cuento aún no tiene el punto final.