¿Qué fue de los cubanos perdidos en México? Familiares van al grito ‘¡Los quiero vivos!’

Familias cubanas buscan en Chiapas a decenas de migrantes desaparecidos en ruta a EE.UU. tras un pago de miles de dólares a traficantes.

¡Oye esto pa’ que veas!

El drama ahora cruza el charco, mi gente. Familias enteras de Cuba, de La Habana, de Camagüey, ¡de to’as partes!, se han fajado y han llegado hasta México, específicamente a Chiapas. ¿Y por qué? ¡Pa’ buscar a los suyos! A esos que se les perdió el rastro intentando llegar a Estados Unidos, los que cayeron en las garras de los traficantes, esos vivos o… bueno, a saber.

Esto no es un jueguito, es la pura desesperación haciendo milagros, es el amor de madre, de esposa, de hijo, que te empuja a cruzar medio mundo con la fe de que todavía hay esperanza. Se juntaron desde el lunes, un montón de almas con el mismo dolor, en una brigada que parece sacada de una película, pero es la vida real, cruda y dura.

¿Dónde se les perdió el rastro?

Imagínate la escena: un grupo de casi 40 personas, cubanos, hondureños, ecuatorianos, pagando entre 8.000 y 10.000 dólares por un viaje que prometía llevarlos hasta Ciudad de México y luego a la frontera. Pero en la última comunicación, allá por San José Hueyate el 21 de diciembre de 2024, les dijeron que venía el pase en lancha. ¡Lancha! Y después… silencio total. Solo quedaron los mensajes de pánico: “no sabemos nadar”, “nos están poniendo chalecos” y se oían “tiroteos cerca”. ¿Se te hiela la sangre?

Chiapas, ese estado del sur de México, es el punto caliente. Un corredor que las organizaciones de derechos humanos advierten que está hasta arriba de peligro, controlado por bandas criminales que ven a los migrantes como mercancía. El último rastro de ubicación, antes de que los teléfonos se callaran para siempre, venía de esa zona.

¿Y esto a quién le afecta? ¿Por qué es un bochinche?

Mira, esto afecta a cualquier familia que sueña con una vida mejor, a cualquiera que se ve en la necesidad de arriesgarlo todo. Le cae encima a esas madres que no duermen, a esos hijos que esperan noticias, a cualquiera que entienda lo que es perder a un ser querido en el limbo. La gente habla de esto porque es un reflejo de lo que pasa en las rutas migratorias, que se han vuelto cementerios antes que caminos.

Es la prueba de que el sueño americano se está cobrando vidas de formas brutales y que los que manejan esto se enriquecen con el dolor ajeno. Además, la falta de respuesta de las autoridades es otro dolor de cabeza, como si el Estado se hiciera el loco o, peor, los hubiera “borrado”, como dice la abogada que lleva algunos de estos casos.

¿Qué dicen unos y otros?

Por un lado, están los familiares, desesperados, organizándose, uniéndose a redes como la Red Regional de Familias Migrantes, que lucha por ponerle cara y nombre a los desaparecidos. Ellos dicen que pagaron un dineral, que confiaron y que ahora solo quieren respuestas, quieren a sus seres queridos de vuelta, vivos.

Por otro lado, parece que las autoridades no mueven ficha, o al menos no lo suficiente para tranquilizar a estas familias. Las organizaciones de derechos humanos denuncian que hay una falta de acciones de búsqueda efectivas, un vacío que las bandas criminales aprovechan para seguir haciendo de las suyas. Es un tira y afloja donde los que sufren son los que están en medio.

¿Y ahora qué se espera?

Pues mira, ahora mismo lo que está en el aire es la esperanza. Las familias están ahí, en Chiapas, dando la cara, exigiendo que se les escuche, que se muevan las cosas. Están apoyándose unas a otras, creando esa fuerza que nace del dolor compartido.

Habrá que seguir de cerca si estas brigadas logran algo, si las autoridades por fin se ponen las pilas y si se puede arrojar un poco de luz sobre este misterio. Lo que está claro es que esta historia no ha terminado y que estas familias no van a parar hasta saber qué pasó con los suyos. A ver si el grito de “¡Los quiero vivos!” se escucha hasta donde tiene que ser oído.

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